Un novelista escribía sobre vampiros y terminó acosado por los extraterrestres

No cabe duda de que Whitley Strieber ha vivido rodeado de criaturas monstruosas.

Su interés por los misterios del universo, su desbordada imaginación y sus dotes narrativos se conjugaron para convertirlo en un escritor capaz de producir historias envolventes y espeluznantes.
Sus novelas The Wolfen y El Ansia (The Hunger) fueron bien recibidas por la crítica y adaptadas al cine con un gran éxito comercial.

En la versión cinematográfica de El Ansia, la actriz francesa Catherine Denueve personificó a una sofisticada criatura con aspecto de mujer que necesita sangre humana para mantener su belleza y vitalidad. El polifacético artista inglés David Bowie y la actriz estadounidense Susan Sarandon completaron el estelar reparto internacional de una de las películas más atemorizantes de los años ochenta.

Pero un misterioso encuentro de Strieber con un visitante en su alcoba una noche de diciembre de 1985 sacudió su existencia. A partir de ese momento, el escritor abandonó los relatos de ficción y se dedicó a narrar lo que asegura son contactos reales con seres extraterrestres.

Comunión alienígena
Strieber, su esposa Anne y su pequeño hijo disfrutaban de sus vacaciones navideñas en la cabaña familiar cerca de Kingston, un diminuto pueblo en el estado de Nueva York. Los días de la familia transcurrían sin contratiempos. Pero al llegar la noche, el escritor presentía que había alguien al acecho.

Como muchos citadinos, la sensación de aislamiento de la cabaña lo atemorizaba. Revisaba todas las puertas y ventanas de la casa, una y otra vez, para evitar la entrada de algún intruso.

“En la madrugada del 26 de diciembre, no sé exactamente la hora, me desperté. Y sabía el motivo. Escuchaba un silbido envolvente proveniente de la sala. No se trataba de un crujido cualquiera. No era un asentamiento de las estructuras de la casa, sonaba como si mucha gente se moviera rápidamente alrededor del cuarto”, relató Strieber sobre su primer encuentro con criaturas de otro planeta.

“Podía sentir mi esencia, mi ser, pero no podía sentir mi cuerpo. Estaba completamente paralizado”, dijo. Luego recordó que su cuerpo inerte subía flotando rápidamente en una especie de elevador, mientras veía cómo dejaba atrás las copas de los árboles que rodeaban su casa.

En la mañana recordaba cada segundo de que inicialmente creyó que era pesadilla. El hombre, que para ese entonces tenía 40 años, vio acercarse a su cama a un ser delgado del tamaño de un niño, con ojos inmensos negros, una boca ovalada. Su esposa dormía inadvertida a su lado.

El estado mental de Strieber cambió por completo después de la experiencia. A su regreso al apartamento en la ciudad de Nueva York se sentía adolorido, irritable, cansado. Y lo que más lo angustiaba, pasaban los días sin que pudiera escribir ni una palabra de su nueva novela.

Su salud empeoró hasta que asistió a la consulta del psiquiatra Donald Klein, quien usaba el método de la regresión hipnótica para sacar a flote los recuerdos reprimidos de sus pacientes.

Durante las regresiones, Strieber recordó detalles aterradores de los encuentros. “No podía moverme. Esas figuras caminaban a mi alrededor. Una de estos seres de cuerpos pequeños y caras largas abrió una caja con una enorme agua que insertó en mi cabeza. Luego comenzó la parte realmente desagradable”. El narrador explicó cómo le insertaban sondas por sus orificios antes de perder el conocimiento del dolor.

Los experimentos médicos eran sólo una parte de lo ocurrido en los episodios paranormales. Strieber también dijo haber sido expuesto a visiones del apocalipsis.

Sus reflexiones sobre los “encuentros cercanos del tercer tipo” y sus largas conversaciones con otras personas que aseguran haber sido sometidas a los mismos abusos fueron plasmadas en “Comunión”, un libro que no catalogó como ficción sino que fue comercializado como “hecho real”.

Strieber desarrolló una especie de “Síndrome de Estocolmo” con sus visitantes, a quienes ha expresado su amor a pesar de que los considera depredadores implacables. “Ahora conozco la verdad: Los amé, los deseé, los necesité, los elegí y los llamé. Fui responsable de que la experiencia del visitante formara parte de mi vida. No fui oprimido por ellos al azar. Nos vi en nuestro pequeño planeta azul colgando en la oscuridad y de pronto me sentí amado y valorado por algo enorme y cálido e increíblemente terrible”.

Esa descripción de sus visitantes se asemeja al personaje de Miriam, en El Ansia, un ser capaz de reunir una sensibilidad y una crueldad casi infinita.

Strieber no sólo mantiene la veracidad de sus relatos, sino que tres décadas más tarde sigue escribiendo sobre sus dolorosos contactos con alienígenas.

“En la noche del 17-18 de febrero de 2019 y nuevamente en el anochecer del 18, tuve una serie de encuentros cercanos que reforzaron un mensaje urgente sobre el libro que estoy escribiendo: el manuscrito tiene que estar terminado para finales de marzo del 2019”, reveló Strieber en un diario digital Unknowncountry.

Los trucos del cerebro
La lista de críticos que desafían los alegatos de Strieber es larga. Periodistas y científicos han dedicados libros enteros para desmontar sus afirmaciones.

Otros le tienen más clemencia y aseguran que detrás de la certeza de Strieber seguro yace una enfermedad mental que le impide discernir entre la fantasía y la verdadero.

Mi experiencia personal me inclina por una tercera explicación: Streiber vive en un lugar donde se superponen la realidad y la imaginación producto de un problema orgánico. Al igual que muchas de las personas entrevistadas por Strieber, yo también he experimentado episodios con entes terroríficos desde la niñez.

Nada en la vida de Strieber me suena desconocido. Desde pequeña sentí una intensa fascinación por el cosmos. Miraba al cielo estrellado en busca de señales de vida más allá de la tierra.

Mi mundo interior estaba lleno de amigos imaginarios que me acompañaban a la playa, al colegio y en mis paseos en bicicleta. También tenía manías y pequeñas supersticiones. Por nada del mundo me atrevía a pisar el tercer peldaño de la escalera de casa que tenía una pequeña mancha por temor a despertar a “los demonios”.

Temía a la oscuridad, a los ruidos fuertes y a la noche. Recuerdo mirar sobre mis hombros para cerciorarme de que nadie me seguía cuando salía de caminaba por lugar solitario de casa. A los once años me sentía vigilada en todo momento. Fue entonces cuando una noche tuve el primer encuentro cara a cara con ese “ente” que tanto temía.

Al igual que en los relatos de Strieber, la primera percepción de su llegada es auditiva. El sonido de personas hablando un lenguaje inteligible, las campanadas de una iglesia o un viento intenso se va acercando hasta rodearme por completo.

Para ese momento, el cuerpo no responde. Es imposible correr, buscar ayuda o defenderme. Nunca he sentido una sensación de horror que se le parezca. Es como un encuentro con el mal en su forma más pura.

Imaginen que de pronto duermes en tu cama y al segundo siguiente estás en una sala de operaciones donde unos seres con dedos alargados te laceran las entrañas, te introducen objetos en el cerebro, te palpan la lengua, te cortan con bisturís invisibles.

También he sentido los dolores corporales y los cambios bruscos de carácter que describe Strieber después de los encuentros. Cuando era niña ocultaba a mi familia lo que me ocurría, así que crecí con la fama de ser una niña miedosa y de muy mal carácter.

De adulta tampoco hablo de eso ni le doy demasiada importancia. Y sigo teniendo mal carácter. Cuando experimento una “visita” me siento muy cansada e irritable a la mañana siguiente pero intento realizar todo lo que tengo planeado en el día.

La mayor diferencia entre las experiencias de Strieber con las mías es la explicación que hemos atribuido a esos encuentros.

El escritor texano eligió las regresiones hipnóticas para sumergirse en un mundo que adora y detesta a la vez. Su idea de haber sido elegido como conejillo de indias de extraterrestres le ha dado sentido a su vida y ha alimentado su escritura, aunque no con poco sufrimiento.

Yo busqué ayuda en la ciencia. Luego de muchas búsquedas infructuosas, en 1987 fui diagnosticada con narcolepsia, un trastorno del sistema nervioso central que causa somnolencia excesiva.

Uno de los síntomas más molestos de la narcolepsia es la parálisis del sueño, ese episodio en el que soy incapaz de moverme aunque tenga conciencia de lo que ocurre a mi alrededor. Lo realmente aterrador es que mientras mi cuerpo queda inmóvil las partes más oscuras de mi imaginación se liberan, dejándome a expensas de mis más profundos temores.

La explicación científica es que tengo una disfunción en el mecanismo que controla la vigilia y el sueño, es decir, en el umbral que cruzo a diario para dormir. Se trata de una disfunción del Movimiento Rápido de los Ojos, (REM según sus siglas en inglés) que es una fase que ocurre cuando estamos soñando.

El cerebro de una persona sana envía órdenes a los músculos de permanecer calmados antes de comenzar a soñar. Pero una anomalía en mi cerebro permite que sueñe antes de quedarme dormida. Es decir, el sueño REM aparece cuando aún estoy despierta pero ya no me puedo mover. Y eso puede generar esa experiencia “del visitante” que da mucho miedo.

No solo los narcolépticos sufrimos parálisis del sueño. También puede ocurrir a personas completamente sanas que están muy cansadas, han dormido poco o han estado sometidos a grandes presiones. Por eso no dudo ni por un segundo que Strieber ha vivido lo que cuenta. Se ha sentido rodeado de criaturas abominables que lo han herido y que, que quizás, también nos han hecho más creativo y fuerte.

Strieber es un hombre con una imaginación fecunda que ha decidido interpretar sus vivencias como fenómenos paranormales.

El astrónomo estadounidense Carl Sagan se preguntaba en su libro The Demon Haunted World cómo podemos saber si una persona sólo está imaginando algo que dice ver. Creía que el universo estaba lleno de misterios reales como las transformaciones del ADN, o la duración y el flujo del tiempo pero que deteníamos nuestra atención en los titulares que acaparaba las seudociencias como el poder esotérico de los cristales.

No creo que yo haya sido elegida para ser el objeto de estudio de habitantes de una galaxia lejana. Tampoco creo que me están usando para enviar un mensaje a la humanidad. Estoy convencida en las posibilidades infinitas del cerebro humano y que todas las explicaciones se encuentran en su interior.

Strieber, sin embargo, sigue buscando respuestas en otros planetas. yahoo

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